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La riqueza no es un juego de suma cero.

Un día un compañero de trabajo me contaba la historia de como había sido su pueblo, cuando las comunicaciones en Asturias eran infernales.

La gente se autoabastecía y creaban sus propias mercancías para autoconsumo, hasta que las carreteras mejoraron y en lugar de hacerse su propio “vino”, les resultaba más practico vender sus productos en el mercado y adquirir “vino” con esos ingresos. Ver que la evolución de la riqueza en la zona en los últimos tiempos fué a mejor, es más que evidente.

Después de esta conversación, recordé una lectura de Carlos Rodríguez Braun “El liberalismo no es pecado” y se la transcribo a ustedes tal cuál, por la cara, para que saquen sus propias conclusiones:

La riqueza no es un juego de suma cero La realidad de las variaciones en las posiciones absolutas y relativas de personas y países en lo tocante a la riqueza no debe ocultar su característica más sobresaliente y quizá menos entendida: la riqueza puede ser generada y acumulada sin menoscabo ajeno. Si no fuera así, si la única forma de enriquecerse fuera empobreciendo a otros, si la riqueza constituyera lo que se llama un juego de suma cero («yo gano lo que tú pierdes»), entonces no se habría producido el incuestionable progreso que ha registrado la humanidad en los últimos siglos. La capacidad de las personas de crear riqueza sin dañar a otras personas, o mejor dicho beneficiándolas de modo apreciable, es una noción económica elemental una vez que la comprendemos, pero comprenderla no es algo sencillo porque se trata de una noción que va contra la intuición. Todavía hoy, si preguntamos al público en general quién gana cuando un consumidor compra un producto en una tienda, muchos responderán que quien gana es el tendero. La riqueza creada por el comercio ha sido a menudo objeto de recelo: ¿cómo puede haber riqueza allí donde no hay producción, sino sólo intercambio de cosas ya producidas?

Y sin embargo, esa transacción tan elemental es un acto de creación de riqueza. Si el intercambio es voluntario, en efecto, sólo se llevará a cabo si el cliente valora más la mercancía adquirida que el dinero entregado a cambio, y el comerciante valora más el dinero del cliente que la mercancía que le vende. Después del intercambio, la riqueza es mayor que antes. La incomprensión de esta realidad se observa en el tradicional rechazo a todo lo que tenga que ver con el mercado, desde los mercaderes hasta las mercancías.

Juan Curto.

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