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Lecciones que se pueden aprender de la breve historia del Mundo.



Ernst Gombrich -historiador nacido en Austria en el seno de una familia judía- publicó en 1935 -cuando contaba con 26 años, antes de tener que irse a vivir a Londres en 1939 huyendo de la represión nazi- su primer y más conocido libro, titulado “Eine kurze Weltgeschichte für junge Leser” (“Una breve historia del Mundo para jóvenes lectores”).

Gombrich defendía que los niños y niñas eran perfectamente capaces de comprender la historia por muy complejo que fuera el período que se quisiera estudiar, si ésta se les explicaba de una forma adecuada para su edad. Idea con la que, por cierto, estoy totalmente de acuerdo.

El libro -ameno, entretenido e interesante de leer, incluso aunque pueda ser incompleto y pecar de falta de profundidad debido a lo joven que era su autor cuando lo escribió- es, sin embargo, capaz de motivar y contagiar al lector de una intensa pasión e interés por la historia. Cosa harto importante, especialmente cuando hablamos de textos dirigidos a menores.

“Una breve historia del Mundo” abarca -en sus entre 300 y 350 páginas, dependiendo de la edición- desde el Egipto antiguo hasta justo antes de la Segunda Guerra Mundial, pasando por la Grecia Clásica, Alejandro Magno, la República y el Imperio Romano, la China Milenaria, la Edad Media, los descubrimientos, los conflictos religiosos en Europa, el Imperio Otomano, Napoleón y la era de las revoluciones.

Posteriormente -y esta es la parte que más me interesa en esta reflexión- amplió la obra para incluir el resto del siglo XX. Recuerdo que ese capítulo en concreto, el último, me hizo abrir los ojos cuando lo leí y repensar la historia a muchos niveles. Cómo, incluso a los ojos de un historiador que escribe sobre la historia de la humanidad en el periodo de entreguerras, de repente todo lo que sabías sobre el presente y el futuro cambia de golpe.

“¡Qué distinto es aprender historia en los libros o haberla vivido uno mismo!”, afirma Gombrich al comienzo de ese capítulo 40. En él narra, en primera persona, los enormes cambios ocurridos, a todos los niveles, durante el siglo XX. Hablando, incluso, de cómo la mayor accesibilidad de la información no sólo no elimina la necesidad de no creérsela acríticamente, sino que esto es incluso más necesario aún.

En cualquier caso, la frase concreta que más me impactó fue la siguiente:

“Cuando escribía esto, me parecía realmente impensable que pudiéramos rebajarnos nuevamente hasta perseguir a personas con creencias distintas de las nuestras, extraerles confesiones mediante tortura o, incluso, negar los derechos humanos. Pero lo que entonces me resultaba impensable ocurrió, a pesar de todo.”

A lo que continúa, elaborando:

“Por desgracia, tampoco los adultos se comportan mejor. Sobre todo, cuando no tienen otra ocupación y las cosas les van mal —o, incluso, cuando creen que les van mal—, se unen a compañeros de penas reales o supuestos, desfilan al paso por las calles y repiten a coro las consignas más insensatas, creyéndose, además, maravillosos.”

Y:

“Conozco a un viejo y sabio monje budista que, en cierta ocasión, dijo a sus paisanos en un discurso que le gustaría saber por qué todo el mundo está de acuerdo en que es ridículo y penoso que alguien diga de sí mismo: «Soy la persona más lista, más fuerte, más valiente y mejor dotada del mundo», pero que, si en vez de decir «soy» dice «somos» y afirma que «nosotros» somos las personas más listas, más fuertes, más valientes y mejor dotadas del mundo se le aplaude con entusiasmo.”

Finalizando con un último párrafo en el que se señala que:

“En páginas anteriores concluí el capítulo dedicado a la Primera Guerra Mundial con las siguientes palabras: «Todos esperamos un futuro mejor y, por tanto, ¡tendrá que llegar!». ¿Ha llegado, realmente? No para toda la multitud de personas que pueblan nuestro planeta, ni mucho menos.”

Cuando sucede algo tan horrible como una Guerra Mundial, a menudo pensamos que ya hemos aprendido la lección y que no volverá a ocurrir. Queremos creer que somos mejores que nuestros antepasados, que somos más civilizados, que en su lugar no hubiéramos cometido los mismos errores. Quizás sea así. Me gustaría que fuera así. Ojalá fuera así.

Miriam Ruiz


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