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Identidad digital.

Las personas que han nacido y crecido en los últimos años se han estado educando y creciendo a caballo entre el mundo físico y el digital, viviendo en ambos a la vez e integrándolos en un mismo universo. Si las generaciones anteriores se criaron en la calle, jugando con objetos físicos y viendo la televisión, las nuevas lo están haciendo, además, navegando por Internet, interaccionando con mundos virtuales y conectados al mundo a través de sus teléfonos móviles.

Su propia forma de ser, de relacionarse, de comprender el mundo y de verse a sí mismos está, obviamente, condicionada por este hecho, y lo estará cada vez más. Incluso lo más íntimo de una persona, lo más propio e interno de ella -su identidad- se va a ver tocada por esta revolución digital, ya que ésta -la identidad- no es algo aislado e inmutable, sino que se desarrolla entretejiendo los hilos del mundo interior y el mundo exterior de cada persona, las personas con las que nos relacionamos y la forma en que lo hacemos.

Y, cada vez más, el mundo que nos rodea -el exterior- está formado por bits y bytes.

La identidad es un concepto tan escurridizo como presente en todo ser humano. La respuesta a la pregunta de quién soy yo -o qué soy yo- es tan esencial y necesaria como la necesidad de alimentarnos, de tal forma que es difícilmente concebible que pueda existir alguien que, simplemente, carezca de identidad.

Pese a todo, atrapar esta identidad no resulta tan sencillo como sería, por ejemplo, coger una manzana de un árbol. Tal vez porque es algo muy difuso, como una nube. Tal vez porque es algo muy fluido, como un río. Tal vez porque es algo que se esconde al intentar mirarla, como un ser feérico. O tal vez porque no exista una única identidad, sino diferentes distintas identidades que conviven y, de forma grupal, conforman la unicidad de la persona.

La identidad es, a la vez, identificación y diferencia. Identificación con aquello que sentimos que tiene algo en común con nosotros, y diferencia con aquello que nos es extraño y ajeno. Esto es extensible a todas las facetas de la identidad: la identidad sexual, la nacional, la religiosa, la étnica, la racial, o cualquier otra, y se acaba definiendo y desarrollando en base a semejanzas y diferencias con lo que se siente más próximo o más distante. Un sentimiento -el de proximidad- en el que intervienen muchos factores.

La identidad queda conformada, entonces, en base a su relación con los demás: no es autónoma ni está aislada en sí misma. Y, como tal, es fácil comprender que su desarrollo pueda ser sensible a la forma en la que vemos a los demás y nos comunicamos con ellos.

En el pasado, cuando los medios de transporte y las comunicaciones eran muy limitados, el entorno social de las personas estaba condicionado sobre todo a su situación geográfica. El alto coste de escapar a unas relaciones sociales muy degradadas hacía -asimismo- que las personas tuvieran que cuidarlas mucho, incluso aunque ello supusiera sacrificar la expresión de su identidad. En un pueblo todo se sabe, todo se habla y no hay forma de esconderse.

Cuando el número de personas en el entorno es limitado, además, es necesario hacer un esfuerzo extra por cuidar las relaciones sociales. La degradación de éstas tiene un coste elevado, y la migración a un nuevo grupo social -en caso de grandes problemas- puede llegar a ser muy complicado. No tenemos más remedio que ceder ante las presiones y comportarnos -o, en realidad, ser-, al menos en parte, como se espera de nosotros. Esto, por supuesto, sigue siendo cierto en grupos endogámicos muy cerrados con personas que no se relacionan habitualmente con personas que se encuentren fuera de éstos, vivan donde vivan, no sólo en pueblos pequeños.

Al ir creciendo las ciudades y mejorando los transportes, el mantenimiento de las relaciones a cualquier coste deja de ser tan imperativo. Además, resulta más sencillo fragmentar la expresión de nuestra identidad en base a los diferentes grupos de gente con los que nos relacionamos. De esta forma, el riesgo que corremos al mostrar una pequeña parte selectiva de nosotros es menor, tanto porque a quienes la mostramos no son conocedores del resto de nuestra vida, como por el menor coste que supone establecer nuevos enlaces sociales en caso de problemas.

En este sentido, no nos relacionamos igual con los vecinos, con nuestros compañeros de trabajo, de la escuela, o con la gente que coincidimos por la noche. Al contrario de lo que ocurría al vivir en un pueblo más pequeño, la mayoría de la gente sólo conoce un trocito de nuestra identidad, de nuestra alma. Además, somos conscientes de que quienes nos conocen en diferentes contextos no se conocerán entre ellos, lo que nos permite libertades expresivas y comportamientos que no nos atreveríamos a tener en un pueblo. Es por ese motivo que, por ejemplo, muchas personas con una sexualidad no normativa prefieren vivir en las ciudades.

La libertad expresiva y la posibilidad que tiene una persona de desarrollar su identidad en direcciones menos convencionales empieza a ser más factible en este caso, en el que el conflicto entre cómo es una persona y las expectativas de quienes le rodean no supone un riesgo tan inasumible como antes.

No es, sin embargo, hasta la llegada del mundo digital en que se produce un salto de varios órdenes de magnitud en este sentido. La posibilidad de entrar y salir de las diferentes comunidades sin un coste tan alto, la capacidad de poder estar en diferentes entornos sociales aislados entre ellos y la posibilidad de explorar diferentes expresiones de nuestra identidad sin ese altísimo coste que mencionábamos hace que nos sintamos mucho más libres para poder mostrarnos como de verdad queremos hacerlo.

¿Qué ocurre cuando el factor físico deja de ser tan importante? ¿Cuando la geografía no importa? ¿Qué efecto tiene el ser nosotros quienes podamos elegir con quién nos relacionamos, y en qué términos?

En el caso del mundo digital, cobran mucho menos peso las relaciones geográficas que las relaciones identitarias, y las fronteras que se establecen son muy diferentes. Porque, aunque no tengan una consistencia física real, existen fronteras muy claras entre las diferentes comunidades digitales, lógicamente. Cada vez que una comunidad marca sus límites y se protege frente a otras, está creando una nueva frontera.

Cada vez más los ciudadanos digitales se agrupan en movimientos socialmente afines lo que, además, implica un refuerzo de esos elementos comunes entre los miembros del grupo, que se ven fortalecidos y amplificados. Es el efecto “burbuja cognitiva” del que se escucha hablar tanto. Algunos rasgos identitarios que antes quedaban relegados a un segundo plano toman ahora la iniciativa, apoyados por las expectativas de nuestro grupo de iguales, y aparecen corrientes culturales difíciles de concebir en otros tiempos.

Además, en el caso de las relaciones digitales, la imagen que transmitimos y recibimos de las otras personas es indirecta, y está filtrada y moldeada. Lo vemos en qué fotos sube la gente a las redes sociales, por ejemplo. Si ya no era lo mismo, por ejemplo, encontrarse con una persona todos los días en el pueblo que encontrarse con esa persona sólo en determinados contextos en una gran ciudad, en las redes sociales se reduce aún más el campo de visión, de tal forma que sólo vemos los retazos de cómo es una persona, que esa persona nos deja ver.

La imagen que transmitimos condiciona fuertemente nuestras relaciones sociales, lo que los demás piensan sobre nosotros, cómo se comportan; y a su vez esta imagen que nos vuelve reflejada por los demás, en parte mezclada con sus propias ideas sobre el mundo y la gente. Somos nosotros mismos, evidentemente, pero un “nosotros mismos” que va evolucionando bajo las fuerzas externas de un mundo físico que apenas controlamos, afectados por las relaciones de gente que no hemos podido elegir.

Me gustaría pensar, en cualquier caso, que los avances tecnológicos que se están produciendo en la actualidad y sus repercusiones sociales van a ir ofreciendo cada vez más oportunidades de desarrollo, más libertad de crecimiento personal y, en definitiva, haciendo que el mundo sea mejor para todos. Está claro es que el mundo actual es muy diferente al de hace cien años, que el mundo dentro de cien años será más diferente aún y que, de igual forma que va cambiando el mundo, vamos cambiando nosotros. Y, acompañando a estos cambios, nuestras propias identidades -tanto culturales como sociales y personales- se van a ir redefiniendo una y otra vez. Como han hecho siempre a lo largo de la historia.

Miriam Ruiz.

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