Opinión

Ningún ser humano es el avatar de un colectivo

Por Miriam Ruiz


El Señor de los Anillos es, en mi opinión, una de las obras literarias más importantes del s. XX, y uno de mis libros favoritos. Como muchos otros grandes libros, una de sus características es que da pie a reflexionar sobre temas muy diversos y que se puede usar como punto de enganche para iniciar debates sobre asuntos muy diferentes.

En este caso, lo quiero usar como punto de partida para reflexionar sobre el colectivismo identitario.

En esencia, y de una forma muy simplificada, el colectivismo identitario es esa forma de entender al ser humano según la cual el valor de las personas reside, no en su individualidad, sino en los grupos a los que pertenecen, en los colectivos a los que están adscritas.

En ese sentido, lo más importante de que Marie Curie ganara dos premios Nobel no sería que una persona hubiera logrado esa hazaña, sino que esa persona era una mujer; lo relevante de que Neil deGrasse Tyson sea un gran divulgador no serían sus méritos propios, sino que una persona de su color de piel sea un referente mediático; y lo sobresaliente de los descubrimientos de Stephen Hawking no sería tanto lo gran científico que era, sino la severa discapacidad física que sufría.

El Señor de los Anillos -volviendo al inicio de mi reflexión- es, entre muchas otras cosas, una historia de conflictos y cooperación entre tribus, razas y linajes, en la que el papel que le toca jugar a cada uno de los personajes corresponde con el papel que le toca jugar a su comunidad en la historia. Así, lo importante de Aragorn -hijo de Arathorn, heredero de Isildur- es que representa a todos los Gondorianos. Él es Gondor y Gondor es él. Cada elfo es todos los elfos, y todos los elfos son representados colectivamente en cada uno de ellos. La característica más relevante de cualquier enano es, precisamente, el hecho de ser un enano.

Según este punto de vista, la persona sería el grupo, y el grupo sería la persona. La persona no sería nada más que un avatar del grupo al que pertenece. Todo dentro de un grupo, nada fuera de un grupo. Eso es el colectivismo identitario.

Erich Fromm, en su “Miedo a la Libertad”, señala que muchas personas intentan huir de la libertad personal, de la individuación, del peso que supone la toma de decisiones y la asunción de responsabilidades a través de diferentes mecanismos. Entre ellos, el de la conformidad gregaria.

El corolario más inmediato de esta colectivización total del individuo es obvio: yo no soy yo. No soy más que una extensión de la tribu a la que pertenezco. No soy una mujer, sino un avatar todas las mujeres. No soy una española, sino una extensión de todos los españoles. No soy simplemente una persona caucásica, sino que soy una marioneta del colectivo formado por todas las personas de biotipo caucásico. Yo no existo, sólo existe el grupo, y mis acciones son simplemente el fruto de la suma de los colectivos identitarios a los que pertenezco. Esta es la visión -simplificada y caricaturizada, no lo niego- de cómo se ven las cosas desde el extremo más septentrional del colectivismo identitario.

Los seres humanos, sin embargo, somos más que eso. De hecho, se podría incluso argumentar que ni siquiera somos eso. Ni aún parcialmente.

De igual forma que nuestra mente está diseñada para enlazar acontecimientos, estén o no relacionados, y crear una historia con ellos, también lo está para crear grupos conceptuales y buscar rasgos comunes y diferenciales entre ellos: Las mujeres son así, los hombres son asá. Pero cuando hurgas un poco descubres que muchas mujeres son asá, y muchos hombres son así.

Y cuando intentas objetivar esto en términos estadísticos, a veces resulta que la hipotética diferencia abismal es mucho más diminuta de lo que se pretendía que fuese.

Lo mismo con blancos y negros, con españoles y alemanes, con boomers y millenials, o con gays y heteros.

Lo que hace una persona, tanto si es algo de lo que enorgullecerse como si es algo de lo que avergonzarse, lo hace esa persona, no el colectivo identitario al que la queramos adscribir. El mérito -o la culpa- de haber logrado algo grande tras mucho esfuerzo, trabajo y talento, es de la persona que lo ha logrado, y no lo heredan automágicamente otras personas por simple proximidad identitaria. Sobre todo cuando, como en la mayoría de las ocasiones, ese colectivo identitario es diverso y heterogéneo. Las deudas que se puedan contraer con alguien no son heredadas por otras personas solamente porque tengan su mismo sexo, biotipo o nacionalidad. Los delitos que haya podido cometer alguien no justifican castigo alguno a otras personas sólo porque tengan la misma religión profesión o género.

Estando una vez en una reunión de amigos a finales de la adolescencia, uno de ellos comentó, como si fuera lo más natural del mundo, que “lo que menos le gustaba de los afroamericanos es que, cuando se hacían ricos, querían vivir como los blancos”. Refiriéndose a que, cuando alguien se ha criado en barrios con unas condiciones desfavorables y mediante esfuerzo, talento o suerte ha conseguido salir de ahí y alcanzar una mayor calidad de vida, en lugar de sacrificar sus esfuerzos y trabajo por “sus hermanos”, por los otros miembros de ese colectivo identitario, opta por una vida mejor a nivel personal. Esto es el colectivismo identitario. El argumento de que tienes la obligación, no de hacer lo que puedas para mejorar tu vida, sino de arrastrar con la carga de todo el resto de miembros del grupo al que se te obliga a estar adscrito.

Quien quiera voluntariamente asociarse a una tribu y obedecer acríticamente sus mandatos, es libre para hacerlo. Quien quiera actuar de representante público de su tribu, asociación, sindicato o comunidad, también es libre. Quien quiera donar el resultado de sus esfuerzos o de su trabajo específicamente a personas con quien tengan algún rasgo en común, como la misma raza, sexo, orientación sexual o color de ojos, puede hacerlo sin problemas.

Pero nadie tiene derecho a obligar a otra persona a tener que identificarse con un colectivo con el que no quiera hacerlo, a tener que transferirle a ese grupo sus logros, a estar limitado por lo que decidan los portavoces de ese grupo, o a tener que sacrificarse forzosamente por ellos. Una persona es ella misma, no los colectivos identitarios a los que se la quiera adscribir. Ninguna mujer es todas las mujeres. Ninguna persona negra no es todas las personas negras. Ningún español es todos los españoles. Ni viceversa.

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