Los robots no nos van a quitar el trabajo

Por Miriam Ruiz

John Maynard Keynes, el famoso economista del que muy probablemente -voluntaria o involuntariamente- hayáis oído hablar en numerosas ocasiones, vaticinó en 1930, en una conferencia que dió en Madrid titulada “Posibilidades económicas para nuestros nietos” que un siglo después, en 2030, y debido al aumento de la productividad, tendríamos semanas laborales de 15 horas. “Turnos de tres horas”, afirmaba el buen hombre, “o semanas laborales de quince horas podrían resolver el problema durante un buen tiempo”. Y añadía, “¡Y tres horas al día deberían ser suficientes para satisfacer al viejo Adán en la mayoría de nosotros!”.

En el siglo XIX, en medio de la Revolución Industrial británica, algunos trabajadores cualificados del sector textil estaban temerosos de que las nuevas máquinas que estaban sustituyendo las labores más pesadas y repetitivas les hicieran prescindibles, siendo reemplazables por personas menos cualificadas que, lógicamente, cobrarían un salario menor. Tan asustados estaban por ese miedo que se dedicaron a destrozar dichas máquinas, contra las que sentían que estaban en guerra.

Como la historia es cíclica, y los miedos también, volvemos a escuchar de nuevo ese ruido de fondo. Los robots nos van a quitar todos los puestos de trabajo, porque son más eficientes, más disciplinados, más sistemáticos, más inteligente, más fuertes y -si me apuras- hasta más guapos que los seres humanos. Los robots van a ir siendo capaces de acaparar cada vez más tareas, y de ejecutarlas mucho mejor que cualquier humano, con lo que la productividad se va a disparar, y con turnos de trabajo se 15 horas, o incluso menos, seremos capaces de cubrir todas nuestras necesidades. De nuevo.

¿Qué es el trabajo? ¿Por qué tenemos que trabajar? La explicación más simple que se puede dar a esta pregunta es porque tenemos necesidades y deseos. Y, si queremos satisfacerlos, tenemos que realizar acciones para conseguirlo. O convencer a otras personas de que realicen acciones por nosotros. El trabajo es la contracara de las necesidades satisfechas. A más trabajo realizado, en términos globales, más necesidades pueden ser cubiertas. A mayor tecnología, mejores procesos productivos y mayor productividad, más deseos y necesidades de más personas pueden ser satisfechas. Las personas trabajamos porque, aportándoles valor a otras personas, podemos exigir que otras personas nos aporten valor a nosotros.

Dicen que los robots vendrán a hacerlo todo por nosotros. Que nosotros simplemente tendremos que sentarnos a recoger los frutos de su labor y a dedicarnos a la vida contemplativa, Como en la película de Wall-E. A trabajar en lo que nos gusta. A hacer lo que queremos hacer, y no lo que necesiten los demás que hagamos. Como la diferencia entre el subvencionado cine español y el exitoso cine de Hollywood. Cuando el objetivo del trabajo es hacer feliz al trabajador, y no cubrir las necesidades de nadie, no se puede llamar realmente trabajo. Es un hobbie.

Dicen que, puesto que ya se van a encargar los robots de cubrir todas nuestras necesidades, y puesto que los ríos serán de vino, los estanques de arroz con leche, riquísimas jaleas o baños de chocolate, y las lonchas de jamón y las paellas circularán a sus anchas por las calles, para nuestro disfrute, como en el Jauja de Calleja, lo importante es legislar que todo el mundo reciba su porción básica universal. Regalada. Sin necesidad de nada a cambio. Como en Jauja.

Quizás, si nuestros deseos y necesidades siguieran siendo los de mediados del siglo XIX, con trabajar 5 horas a la semana nos sería suficiente. Quizás, si la calidad de vida que queremos fuera la que tenían los conciudadanos de Keynes en 1930, con trabajar 15 horas semanales sería bastante. Pero la realidad es que, a día de hoy, cualquiera de nosotros diría que una persona que viviera en esas condiciones está viviendo por debajo del umbral de la pobreza.

En la época en la que estamos viviendo hay ciertas cosas que cosideramos esenciales, que en otras épocas hubieran sido consideradas un lujo. Como el agua corriente. Como la electricidad. Como las lavadoras. Como la radio o la televisión. Como los coches. Como los Aviones. Como los avances en la sanidad. Como Internet. Como la telefonía móvil. Parafraseando a los geniales Monty Python, una podría preguntarse, aparte de todo eso, ¿qué nos han dado los romanos?

No hay nada que nos haga pensar que nuestras necesidades actuales supongan el máximo en la cobertura de las necesidades humanas que se va a querer alcanzar. Las tres horas al día de Keynes deberían ser suficientes para satisfacer al viejo Adán, pero nosotros tenemos más necesidades y más anhelos de tener una mejor calidad de vida para nosotros y los nuestros que la que jamás pudo soñar ese viejo hombre sin ombligo.

Pero la historia nos demuestra que los luditas se equivocaron. Que Keynes tampoco acertó en esto. Que, ahora mismo, no sólo se trabajan más horas en total que en ningún otro momento de la historia, sino que además disfrutamos de los resultados de ese trabajo -a nivel mundial- más que en ningún otro momento de la historia. La historia nos demuestra que, cada vez que el ser humano cubre una capa más básica de necesidades, centra sus esfuerzos en intentar satisfacer la siguiente. Y, para ello, para recibir de los demás lo que necesita para hacerlo, tiene que aportar también lo que éstos necesitan para satisfacer las suyas. Quid pro quo.

Hay trabajos que se van a quedar obsoletos, sin duda. Ya no hay nadie que trabaje importando hielo desde las regiones árticas, como antes de la invención del congelador. Ya no hay nadie que trabaje encendiendo farolas de gas, como ocurría antes de la electricidad. Hay profesiones que, afortunadamente, van a quedar obsoletas, o al menos se van a simplificar mucho. Afortunadamente. Y los trabajadores especializados en limpiar las heces de caballo en las calles urbanas van a tener que aprender a dedicarse a otra cosa, con el sufrimiento personal que ello puede que les cause, lamentablemente.

Por si ello fuera poco, asistimos también a una idealización de lo que es un robot, de lo que es la inteligencia y de lo que es la humanidad artificial. Un robot no es un ser humano, ni puede sustituirle a día de hoy. Ni previsiblemente en un futuro próximo. El día en que podamos crear replicantes iguales a nosotros, como hacían en Bladerunner, ese día podrán sustituirnos quizás en todos los trabajos. no antes.

Elon Musk es un visionario. Uno de esos empresarios con una visión utópica del futuro, quizás inspirada en ese espíritu que alimentaba las ferias tecnológicas y científicas, las series de ciencia ficción y los documentales sobre el universo durante varias décadas de la segunda mitad del siglo pasado. Si alguien cree en los robots sobre toda las cosas, estoy segura de que es él. Y, sin embargo, tras pegarse de bruces con la realidad, reconocía abiertamente en 2018: “los problemas de producción en Tesla se deben a la excesiva automatización. Los humanos están infravalorados”.

La cantidad de cosas que quedan por hacer para cubrir las necesidades de las otras personas, aquellas que nos van a permitir pedir a cambio que se satisfagan las nuestras, no han dejado de disminuir en ningún momento. Ni lo harán. Dentro de unos años consideraremos necesidades esenciales cosas que ahora mismo no vemos, como pasó con la electricidad. Como pasó con las comunicaciones. Como pasó con el ocio. Cosas que los robots no pueden cubrir. O por lo menos no hasta que pase bastamnte tiempo, y hayan surgido otras. Trabajaremos mejor, obtendremos mejores frutos de nuestro trabajo y una mejor calidad de vida, pero no os preocupéis, que tenemos trabajo para rato. Quizás en cosas diferentes de las que trabajamos ahora mismo, pero no nos faltará quehacer. Porque, realmente, no nos faltarán necesidades.

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